El tratamiento del trastorno bipolar “es útil” pero no cubre todas las necesidades

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El pintor Vincent van Gogh o el ex primer ministro de Reino Unido Winston Churchill son dos ejemplos de personalidades que destacaron en el siglo XIX y XX y de los que muchos no sabrán que padecían trastorno bipolar.

Esta enfermedad, que puede tardar hasta diez años en diagnosticarse, afecta al dos por ciento de la población. “Es la media, lo que significa que hay quien tarda cuatro años y quien tarda 15 años”, explica a GACETA MÉDICA el jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal, Jerónimo Saiz, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental (10 de octubre).

Una situación que se da porque, a veces, solo se alcanza el diagnóstico cuando aparecen las fases “más graves y espectaculares” de la enfermedad, es decir, signos y síntomas que requieren de hospitalización o que inducen cambios de conducta “muy significativos”, añade.

“Son bastante claros: la oscilación del estado de ánimo que va desde la tristeza intensa, la depresión, el desánimo, la pérdida de vitalidad y energía, a todo lo contrario; a una exaltación del ánimo, euforia, hiperactividad, insomnio, desinhibición, etc., que se puede manifestar en gastos excesivos o en una familiaridad inapropiada”, prosigue el especialista.

Tratamiento

El tratamiento base de esta enfermedad son, desde hace años, las sales de litio. “Son relativamente delicadas en el sentido de que hay que ser un experto, ya que hay que monitorizar al paciente, existen riesgos de toxicidad, etc., de tal manera que es muy importante que si se administra esta opción se haga en entornos donde realmente se tenga experiencia”, afirma Saiz.

Posteriormente, se han ido incorporando los antipsicóticos o antiepilépticos y antidepresivos. Sin duda, un punto que merece toda la atención del especialista son las recaídas. “Hay que conseguir que el enfermo no tenga recurrencias/recaidas a lo largo de los años”, apostilla.

Un tratamiento complejo, porque existen un abanico de medicamentos indicados para tratar la fase maníaca, la depresiva, o ambas, pero que —algunos de ellos— “pueden desencadenar la fase contraria”. “Esto hace complejo el tratamiento”, señala.

Evidentemente, si no se trata esta enfermedad es “más incapacitante y más negativa” y, como consecuencia, puede desencadenar en desde muerte por suicidio, hasta complicaciones asociadas a consumo de alcohol o drogas. “En este sentido, el tratamiento que tenemos es útil, pero no tenemos todas nuestras necesidades cubiertas, sino que estamos a la espera de conseguir medicamentos más eficaces y que se toleren mejor”, advirtió Saiz, quien concluye que con las alternativas terapéuticas disponibles que previenen las recaídas, las personas están “perfectamente capacitadas para llevar una vida normal”.

Se sabe que la genética es importante, no obstante, también se sabe que tiene que conjugarse con el ambiente; hablamos de la epigenética. “La genética nos da una predisposición y cuando se le añaden unos factores precipitantes, facilitadores, desencadenantes, como el maltrato en la infancia, el consumo de cannabis o el estrés en el ámbito laboral es mas fácil que se desarrolle este trastorno”, apunta el jefe del Servicio de Psiquiatría.

FUENTE: www.gacetamedica.com

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